lunes, 20 de junio de 2011


Fue una noche espantosa. No había dormido apenas, tres horas escasas. Se levantaba, bebía agua y se volvía a meter en la cama. Un sudor frío le recorría todo el cuerpo y pequeños escalofríos la movían de su sitio. El alcohol le corría por las venas. Imágenes difusas le venían a la cabeza, todos recuerdos malos de aquella noche de desenfreno. Se arrancó la pulsera que le habían regalado. ¿En qué se había convertido? A la mañana siguiente no sabía quien era. Se miró al espejo y solo reconoció un collar. Quería llorar, volver atrás en el tiempo, pero era imposible. A la tarde salió de su casa, necesitaba despejarse, cogió el coche y se dirigió a la costa. Los arboles tapaban todas las vistas posibles, pero de repente lo vio. Allí estaba, enorme, imponente. Sólo eran el mar y ella. Necesitaba respirar esa paz, la tranquilidad de oir romper las olas contra las rocas del acantilado. La música del coche le recordaba malos momentos y la apagó. Una vez más lo miró y se sintió libre. En ese momento si se pudiera pedir un deseo, se convertiría en un pájaro, para poder volar allá donde el viento la lleve. Se sentía libre, el viento le removía el pelo, era todo tan perfecto., una felicidad extrema. Y de repente comenzó a llorar.

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